18 noviembre 2006

Detrás del silencio - Es ayer (Poesías)

Detrás del silencio

Alguien se escapa detrás del silencio
dibujado en la ventana de un tren,
que avanza buscando una respuesta.

Pero ya nadie pregunta.

Las palabras no compraron sus boletos.
Y tienen que esperar
a que los pasajeros desciendan
para usurparlos y viajar en ellos.

Mientras tanto, dentro del tren,
sólo se escucha el roce de los bolsos,
el abrir de los paquetes de masitas,
y el final de cada mate.

Alguien, que ya no mira por la ventana,
dejó su pregunta en la estación de partida.
Y ya no la recuerda.
Como tampoco a su voz, o a su pasado.

Todo se quedó ahí.
Allá. Atrás. Abajo.

Todo encerrado entre letras
que ya nadie usa, ni escucha.

Alguien de pronto suspira.

Y el tren amaga con detenerse
en cualquier parte del camino.

Un acuerdo tácito
se activa de inmediato.

Y entonces comienzan los bolsos
a chocarse con violencia.
Los paquetes de masitas se
abren con desesperación,
aunque sin hambre.
Y todos los mates son terminados
juntos y de golpe.
Una y otra vez.

Alguien detiene el suspiro
justo antes de dejar escapar
un sonido con ruido a vocal.

El ritmo del tren se retoma apurado,
pero seguro de mantener
su silencio a salvo.

Afuera, detrás del silencio
dibujado en la ventana de alguien,
las letras de un abecedario incompleto
vuelven decepcionadas
a su desorden de camino,
esperando reunirse
en la estación de llegada
para usurpar alguna respuesta.

Verónica Borelli
Tallerista de El Aleph


Es ayer

Extraño la noche, una noche,
no cualquiera ni la de ayer,
porque lunes fue ayer.
Quiero la noche de mañana
sobre el camposanto de estrellas.

Te extraño mañana y prohíbo el ayer,
porque lunes fue ayer.
Extraño mañana y no esta muerte de a ratos,
que trae un nombre en la punta de los dedos
dibujándolo en un vidrio frío.

Lunes fue ayer, y hoy es otro yo
parado en las mismas calles sin vereda,
donde sobreviven paredes afiladas y el polvo del aire.
Es otro yo esperando en fila un eclipse
para que sea hoy o mañana. No ayer.

Porque lunes fue ayer.
Ese día traspapelado y gritón.
Un día de marionetas.
Un día cualquiera, pero ayer.

Un paso de ayer, un segundo de ayer,
segundos que duran vidas, y vidas que duran días.
Mañana te estoy buscando, no hoy.
Porque lunes fue ayer,
uno cualquiera pero ayer.

Y no puedo, te digo,
ni sé desvestirme de palabras para que lo sepas,
no creo poder nacer, porque es noche imperfecta,
espejo de algún hombre.

Noche, tiempo y mañana tapando un ayer.
Porque lunes fue ayer.
Noche y tiempo, atributo de dioses que odié o recé.
Cuerpo y sangre del esqueleto del destino.

Tiempo, noche y vos.
Tu nombre en el aire
esquivando mi sombra que se oxida con el día,
y con mañana. No ayer.
Porque lunes fue ayer.

Javier Cristobo
Tallerista de El Aleph

17 noviembre 2006

El reto (cuento)

El baile de los mulatos estaba en su apogeo en el salón de don Jacinto. Las mujeres se movían convocadas por el ritmo del candombe. Los hombres, mostraban su piel reluciente en la escasa luz del local. En el puerto del Dock Sud, un barco se despedía de Buenos Aires con la voz ronca y monótona de la sirena. Parecía una de las tantas noches candomberas del lugar. Sin embargo, se respiraba tensión en el aire. Era como cuando se olfatea una desgracia. En especial los hombres, que estaban en el secreto de la apuesta que Jacinto y el negro Araque se jugaban a una mano de póquer.
Los dos contrincantes habían resuelto cumplir con el reto esa misma noche. Eligieron al mulato Nemesio como tayador, por ser hombre de confianza de ambos. Los tres, a la media noche, se reunieron en el cuartito
de la trastienda. Había sólo una mesa, tres sillas y un farol colgado del techo y protegido por una pantalla que sólo permitía iluminar la mesa. Jacinto y el negro Atraque se sentaron frente a frente y Nemesio. entre ambos.
¾ Les recuerdo¾ dijo éste¾ que la condicion es jugarse todo a una sola mano. Repartiré las cartas, habrá un único descarte y después, cada uno pondrá lo que apuesta sobre la mesa. No olviden que los dos acordaron apostar aquello que le fuera de más valor en su vida.¾ Ambos asintieron. Se sorteó la mano y Jacinto fue el favorecido. Después el mulato barajó, colocó el mazo en medio de la mesa y autorizó al dueño del boliche a cortar. Volvió a apilar los naipes y repartió cinco a cada uno.
Don Jacinto las miró de un solo golpe y apartó una para el descarte. El negro Atraque las recogió mientras las orejeaba. Se descartó de dos.
El tayador dio a cada uno los naipes que le correspondía y agrego:
¾ Ahora pueden hacer sus apuestas.
Jacinto fue el que lo hizo en primer lugar. Colocó sobre la mesa un papel firmado. Las apuestas de honor también valían. Luego el negro, tomándose su tiempo, apostó sus herramientas de trabajo.
Nemesio invitó a los dos hombres a mostrar su juego, Por ser mano, Jacinto dio vuelta sus cartas y agregó.
¾Dos reyes y dos ochos.
Araque, con voz desafiante respondió:
¾ Póquer de ases¾ al tiempo que mostraba sus cartas
Jacinto quedó mudo y su rostro se cubrió con una máscara de piedra. El negro Atraque se levantó sacando pecho, recogió de la mesa el revolver, el facón cabo de plata y la navaja que había apostado y el papel firmado por jacinto. Con un andar de triunfador salió al salón.
De inmediato se hizo un silencio expectante. Los hombres, que comprendieron de inmediato lo ocurrido, lo miraban con admiración y respeto mientras Araque, con su andar compadrón y pendenciero, cruzaba el salón hacia la salida. Jacinto, que caminaba tras él con la derrota colgada a la espalda, se dirigió a un grupo de mujeres y se puso a conversar con ellas. Luego de un rato Josefa, una mulata joven y sensual que era la amante de Jacinto, se apartó del grupo y, con actitud sumisa, se dirigió a la salida detrás de su nuevo dueño.

Edgardo Martín Gelós
Tallerista de El Aleph

Datos curriculares:

Edad: 76 años.
Lugar de residencia: Bahía Blanca. Argentina
Ganador de 48 premios en concursos nacionales e internacionales de poesía y narrativa. Participación en salones y cafés literarios con lectura de cuentos y poemas propios. Publicación en diversas Antologías. Realizó estudios de dramaturgia.

16 noviembre 2006

Vocación + Extensión (nota)

El Programa de Talleres Literarios El Aleph tiene una vigorosa presencia fuera de las paredes de sus aulas: de esta forma establece puentes de comunicación en diversos ámbitos de su propia aldea, y en todo el universo literario de habla hispana. Así, a partir de este weblog, amigos cybernautas de un sinnúmero de países pueden acceder a la producción literaria de nuestros Talleristas, enviar sus opiniones, proponer ideas y sumar textos de autores reconocidos que se integren al rico caudal que aquí ofrecemos. Además, en nuestra 'patria chica' de la ciudad de Bahía Blanca, quienes integran los Talleres Presenciales de El Aleph generan publicaciones que se han presentado en eventos especiales. Y periódicamente el Taller se encuentra con la comunidad donde trabaja, mediante el Proyecto de Extensión Cultural: durante 2005/6 implementamos el Ciclo Letras & Música en el Pub Concert El Peladero, con cantantes, actores, poetas, narradores orales, obsequio de libros y concursos literarios intantáneos. También en el Bar Chelsea inauguramos nuestro 'Parador Literario', donde un numeroso y heterogéneo público disfruta de poesías, cuentos y un menú de tragos y platos igualmente memorables. Y para no abundar en tantos ejemplos, cerramos la lista citando el ciclo de charlas ofrecido en el salón de conferencias del Bahía Blanca Plaza Shopping bajo la modalidad de Café Literario (un tema por reunión, café y libros, diálogo abierto, entrada gratis para todo público). ¿Qué más? Pueden escribirnos a tallerelaleph@yahoo.com.ar para requerir información completa y actualizada sobre nuestras actividades (por ahora, no se vayan de este blog que hay más Literatura de la buena para compartir...)

La luna en pedazos (Cuento)

El Gigantesco yate “La nueva Rapsodia” parecía haberse tragado de un bocado todas las luces del cielo; nadie notó el leve vaivén que lo alejaba más y mas de la costa porque la fiesta organizada por el ojo clínico y vengativo de Marcos Giralda era mas importante. La sociedad perfecta, el teatro de dientes limpios y trajes de Rey Midas y “Que mundo este” dicho desde un lugar que no es el mundo, todo estaba calculado.
En la rampa, un mayordomo pétreo sostenía una bandeja con el champan de bienvenida y un “Gracias” tirado al aire para que alguien lo junte descontaba una y otra copa hasta que se terminaban. El Sr. Giralda los recibía luego con reverencias y buenos gestos que eran correspondidos con mejores palabras y deseos y elogios verdes de toda una vida. Afuera, como siempre, la ciudad se arrastraba, pero “la nueva rapsodia” estaba de fiesta, extraña fiesta en que la verdad se transformó en un bichito diabólico y hambriento.
El pequeño salón del barco, duplicado por las ventanas, se llenó entonces de ese discreto ronroneo de personas civilizadas, de ese desparramo de cumplidos y risas que siempre tienen las sociedades frágiles. Las copas levantadas chocaban una y otra vez para que se mezclen los venenos.
La señora Márquez hablaba con sus manos y cada tanto hacía pequeños movimientos con la nariz, nariz filosa que alguien supo pulir hasta lo que ella llama perfección, hablaba y contaba su currículo de bondades a otras dos mujeres que ejercían muy bien la expresión de los atentos.
-Son animalitos, vio, una quiere ayudarlos pero ellos no se dejan- decía a sus interlocutoras.
-Claro, hay que dejarse- contestaban sus interlocutoras casi a dúo para luego toser champan de la risa.
Un hombre muy serio aseguró haberse alegrado por la rápida recuperación de Giralda que hacía dos meses había sido traicionado pero negocios son negocios y mejor una palmadita en el hombro porque “Los pisados son pasado”.
Un poco mas atrás, dos hombres fumaban habanos, haciendo figuritas de humo que se desvanecían en lo que dura un soplido. Discutían sobre política pero opinaban lo mismo, después de todo eran como hermanos porque uno siempre se preocupó por el otro, uno siempre atento al otro, a sus aciertos pero mucho mas a sus desaciertos, a sus victorias, al humo informe que parecía abrazarlos.
-Sírvase amigo- dijo uno de los dos con un gesto fraternal a un recién llegado que copa en mano buscaba alguna pista donde aterrizar.
-No fumo-contestó el recién llegado -pero si usted lo dice. Y acto seguido tomó uno de los habanos con delicadeza. ¿Tiene fuego?, pregunto, pero ya tenía la llama azulina casi en frente de su nariz.
La reunión era un verdadero despliegue de cumplidos y panzas llenas, claro que afuera las cosas eran muy distintas, afuera ya no había rampa ni tierra firme, ya no había puerto; solo oscuridad, la calma del mar, y la luna partiéndose en pedazos por las olas.
Cuando se apagaron las luces y “un mundo maravilloso” empezó a sonar, nadie dudó, todos se miraban o se imaginaban con expresiones de asombro, afirmaban con la cabeza y aprobaban lo que vendría, estaban seguros que empezaría un gran show. Por su puesto nadie sospechó que el show era solo una extraña manifestación de la verdad, una inducción a algo, ellos serían el único show.
La voz por los altoparlantes fue muy clara: El Barco se hunde. Todos rieron y hasta se escuchó el aplauso de un ebrio que ya se había cansado de tanto misterio y quería luces y más noche de gala.
La voz nuevamente: El Barco se hunde, tengan a bien dirigirse a los botes salvavidas.
Una de las mujeres dejó caer su copa vacía porque sin luz las ventanas ya no eran espejos y afuera la oscuridad venía con malas noticias.
El grito de la mujer también fue muy claro a pesar del temblor de labios: Estamos en alta mar.
El Sr. Giralda era un hombre vengativo y ahora solo quedaba mirar.
La sociedad mas civilizada se convirtió entonces en la más vulgar expresión del caos y para esto no hay como aquella naturaleza humana, ahora desnuda, ahora sin trajes ni habanos de la habana.
Los saludos se convirtieron en golpes de pensados “sálvese quien pueda o sea yo”, las copas en espadas, y todo valía para ganar el premio final, todo valía para apoderarse del único bote que el señor Giralda les había dejado.
Es curioso, pero aquella noche nadie murió ahogado. Todo duró veinte minutos, y por su puesto que el “Nueva rapsodia” nunca se hundió, solo desapareció como lo hace un barco fantasma, flotando sin rumbo en una nube de niebla, muy lejos, donde la luna se rompe en pedazos.

Pablo Martínez
Tallerista de El Aleph

Un maniquí en el suelo (Cuento)

Me subo a la camioneta para hacer los casi 10 kilómetros . Tengo que instalarle una alarma a ese tipo. El día está gris y cae una llovizna fría, pero es otra cosa lo que me molesta. Ella, pidiéndome cosas, favores. Qué caradura sos, a veces, Maggie. Dijiste "Gary, acordate de traerme jabón", lo dijiste justo antes de que cerrara la puerta. Qué caradura, vos que no movés un dedo, haragana, que apenas levantada tus labios tenían aliento a sopa de verduras de hace una semana. Aunque quizás esté irritado por cualquier otro motivo. Me hacen ir hasta allá, espero que lo paguen bien.
Esto va cada vez peor, siempre inventan algo nuevo con lo que sacarte plata de acá y de allá. Los que están en la madera se cagan de hambre y si no estás en la madera da lo mismo. Ni un hueco donde caerte muerto. Espero que esto me lo paguen bien, encima de que me gasto un kilo en nafta.
Chuck me habló de ese tipo, fue con él al secundario. No le habló más que un par de veces, mejor para él, no vaya a ser que terminara así también. Dijo tantas cosas que no sé, porque Chuck es bastante mentiroso. Contó que el padre era alcohólico y que la madre era una masoquista reprimida. El chico alguna vez se habrá visto proyectado, atendiendo un almacén pueblero, y eso le afectó, y eso lo sacó de todo. Chuck se acordaba de cuando eran adolescentes y al otro le pegaban, los muchachos, le pegaban y él nada, se desquitaba de otra forma, no con ellos, sino con todos: grafiteaba idioteces por ahí y se hacía amigos homosexuales. Sí, semejante proyección le movió toda la estructura. Y encima el Ritalin desde chico, ni 10 años tenía cuando algún sádico se lo recetó. "Sádico o benefactor", dudó Chuck. Los genes de la madre por ahí andaban rondando, mujer que una vez separada del alcohólico se consiguió otro para que la fajara. Y el pibe meta Ritalin, como flotando en una pileta de euforia hasta que le pincharon la burbuja y se vio ahí, sin familia, se encontró con que lo condenaban a Aberdeen. Casas apiladas y ridículas. Yo estuve de paso no más que unos días en ese aserradero, puedo asegurar que se me congelaban los huesos. Chuck nació en Aberdeen, no pudo haber nacido en otra parte. Él me dijo "vos pensás así porque estuviste unos pocos días". Está bien, pero el pibe de repente estuvo ahí, ya estaba de antes, sólo que ahora estaba en conciencia y probablemente en ese momento tuvo la visión de almacenero y todo se le echó a perder. Tal vez quiso demasiado, no entendió las cosas. Igual terminó como los demás, ahí está, me dijo Chuck, entra y sale de la clínica de rehabilitación, casado con otra loca, como extrañando a su madre, podrido y pudriéndose como su padre. El tipo se la pasa ganando y derrochando una plata que yo en mi vida podría juntar, no sé, quizá se olvidó de dónde salió, somos todos un enjambre de miseria. Y él ahora tiene miseria en la sangre.
Y creo que me pasé, por pensar en pelotudeces. Tenía que agarrar por esa callecita. Ah, no, ahí está. Tanta queja, tanto dolor, y mirá: una casa en este lugar hermoso, el lago ahí nomás, el bosque a cien pasos. Dejame vivir así, aunque sea en una pieza o nada más alquilame una cama, y ni sueñes que me ponga a llorar. Hay cada uno. Chuck tiene razón al menos en eso, pero él también empezó, el origen lo traiciona, me habla con un olor a whisky barato y su mirada se pierde y le pega a Linda. Parece un chiste. Ya casi estoy. Es ahí. Dos pisos, cochera. Qué linda casa, sencilla. Espero que me paguen bien ésta. Me bajo de la camioneta, agarro las cosas y toco el timbre. Nadie. Toco otra vez. Nadie. Varias veces más y lo mismo. Voy para la puerta de atrás. Está cerrada, pero algo se ve. La sala está desordenada y hay un maniquí tirado en el suelo. Más allá una escopeta. De la oreja del maniquí sale sangre.
Me voy, tropiezo con una piedra, subo a la camioneta, reflexiono: no habrá plata, gasté mucho en nafta, tengo que avisarle a la policía, qué molesto, y además comprarle jabón a Maggie. Pensar que podría haber seguido durmiendo.


Juan José Guerra
Tallerista de El Aleph

13 noviembre 2006

Se va la última (Cuento)

Creo que mi gusto por el lunfardo nació por los relatos de mi padre, sobre la vida de su hermana mayor Deolinda. Ahora pasado el tiempo, ella los había sobrevivido a todos los hermanos y el único familiar con que tenía contacto era conmigo. Cuando recibí su carta, en la prolija caligrafía aprendida en la primera parte del siglo veinte, me llenó de emoción y ternura: "Sobrino, ven a buscarme al campo, quiero morir en Buenos Aires, el mis calles de la juventud, en los lugares que amo. Te espero".
Esa misma tarde viajé a las afueras del Gran Buenos Aires a buscar a Deolinda, había cumplido los noventa y nueve años hacía muy poco, en el campito que le quedaba, regalo -según mi padre-de un compadrito que lo había ganado a las cartas en el boliche "La Juventud", donde las grelas luchaban el pan. Allí se enamoró de la bella, dándole para siempre con escritura, ciento cincuenta hectáreas en el entonces desierto circundante a la Capital. A poco y por polleras, el caficio regalón, era asesinado de un tiro en la noche porteña.
Años despues, cuando la belleza se fugó con la edad, Deolinda se radicó en el campo, que a la sazón había quedado al costado de la ruta de acceso a la gran ciudad. Nunca quiso volver a la Capital.
Cuando llegué a la casa, la encontré con el mate en mano en el galpón, entre cabrestos y un recado viejo, las sogas colgando de los tirantes del techo, cueros de oveja y otros enseres de la chacra. Me sonrió con su carita curtida, enzanjada por arrugas, que a pesar de todo, no podían apagar el brillo de sus ojos celestes, ni su porsición orgullosa de vieja, pero erguida mujer.
El vecino que vió el auto, se acercó a decirme que cuidaría de todo mientras estábamos en Buenos Aires. La tía, había entrado en la casa y salió con una valija de cartón.
-Vamos- dijo, acomodándose en el asiento de mi vehículo. Saludó con la mano al vecino y clavó los ojos en el frente sin decir más.
Cuando estábamos llegando al tránsito del centro, señaló la valija y habló:
-Allí estan los pelpas del campo a tu nombre...ahora llevame al Abasto, en ese lugar tengo mis recuerdos mejores-
Cuando arribamos, le costó llegar a una mesa del patio de comidas, de pronto había dejado de lado su empeño por mostrarse fuerte.
Parecía buscar algo a su alrededor, quizás no reconocía el lugar,se sentó, sacó de su monederito de hule papel y un lapiz cortito, añoso igual que ella y se puso a escribir como si yo no estuviera. El mozo se acercó, ofreció un listado; entendió mi seña y se retiró discreto. Al rato fui al mostrador a pedir una bebida para mi y un jugo de frutas para la tía. Cuando me dí vuelta para volver a la mesa, la ví inclinada, con la cabeza apoyada en el monedero y la mano puesta en la hoja que había escrito, el lápiz, debajo de la mesa todavía se movía en un vaiven lacrimoso y solitario.
Llegamos tarde al hospital, la Tía Deolinda había muerto en el lugar de su juventud difícil, allí donde había ejercido la profesión más vieja del mundo y que ahora estaba disimulado por edificios modernos.
En la sala de espera leí lo que habá escrito:
"Andresito, ya me voy con vos y con tu fuelle, a que cantemos y bailemos un tanguito con cortes, allá donde estés.
Aquí todo es nuevo, las calles ya no estan empedradas y no se ven Mateos, no escucho la música de tu bandoneón, ni los gritos de los vendedores ambulantes. En este lugar te amé como a nadie, pero no es nuestro lugar, no hay más varones de tu laya ni mujeres de la mía; quise venir a despedirme de mi Buenos Aires y me despido de una ciudad enorme, con automoviles de lujo por millares. No quiero llorar porque me voy con vos de garufa, pero sé que nuestras cosas murieron antes que me diera cuenta. Soy feliz hoy... y arreglate el funyí, que ya voy para allá....."
Una marca descendente que dibujó e lapiz mordido en la virola, marcó el momento en que se fue, ella...la última grela.
Recordé la estrofa del tango de Ferrer y piazolla:

"Del fondo de las cosas y envuelta en una estola
de frío, con el gesto de quien se ha muerto mucho,
vendra la última grela, fatal, canyengue y sola,
taqueando entre la pampa tiniebla de los puchos"



Martín Omar Gomensoro
Tallerista de El Aleph