16 agosto 2007

Nuestros Talleristas cuentan

Ser o no ser

El era un hombre de luz, un hombre que gozaba una libertad extrema: de día viajaba en cuanta luz hubiese, en la que fuera más provocativamente intensa o la que llamase más su atención por pequeña y sencilla. Viajaba por los postes de luz y los colectivos, por las pantallas de celulares y las lámparas de los livings, los faroles de los autos y las zapatillas de los nenes más chiquitos.

De noche sólo podía resaltar. Podía sentirse útil al fingir ser un pequeño rayo de luz que tranquilizase a una nena miedosa al colarse por un agujerito de su persiana o ayudar a una mujer a encontrar sus llaves en su desordenada cartera. Sus miradas le bastaban, sus sonrisas lo llenaban.

No podía estar un minuto en paz, debía estar acompañado por todas las luces, y de día y de noche resaltaba por doquier. Tenía absoluta libertad pero no conocía la soledad. Y cuando veía solos a otros seres, quería experimentar lo mismo. No entendía por qué la gente se alegraba al verlo, por qué disfrutaban de la compañía. El comprendía la satisfacción de acompañar a otros pero no a uno mismo.

Decidió hacerse un traje de plástico, de ése que se usa en las gafas para el sol, así podría existir para sí mismo. Podría conectarse con su yo interior, opacado por tanta luz.

Sin embargo, la gente no pudo aceptarlo, no comprendía, no estaba preparada. Las luces se sintieron despreciadas... Él no entendía bien todo eso, pero lo poco que aún lo conectaba con la realidad le decía que su plan había fallado y no había vuelta atrás. En su traje-cápsula no era ni hombre de luz ni hombre de carne y hueso, ni luz ni oscuridad...no era nada. Aislado, incomprendido, comenzó a desaparecer. Solo. Como él quería.

Unos nenes pasaron por la calle y encontraron su traje vacío. Saltaron sobre él hasta hacerlo añicos. ¿Quién quería un montón de plástico oscuro?

Natalia Canova

06 agosto 2007

Dos pensamientos breves

por Olga Tombesi (amiga del Blog)
tombesiolga@argentina.com

Silencios y palabras
Me preguntaba por Galeano. En su Uruguay, y el riesgo que corre el río con la instalación de la “innombrable”. Hasta el mismo Benedetti escuché que deslizó una aprobación. No se si será cierto, pero lo escuché. De Galeano nada. Ni reportaje, ni opinión. Silencio de radio.
Por Continental, el martes 13 de Junio, Morales lo llamó por teléfono para saludarlo por el día del escritor. Hablaron lindo. Le preguntó como era que había devenido en escritor, y él con la inteligente dulzura que lo caracteriza, contó que le hubiese gustado ser jugador de football, pero era muy “patadura”, también había intentado otros oficios y la pintura, pero como era inútil para todo entonces decidió ser escritor. Cosas que se responden cuando se hacen esas preguntas. Entre otras cosas también le preguntó cuándo siente que tiene que escribir; y Eduardo Galeano le respondió convencido: “ Cuando me pica la mano” -“cuando me pica la mano me pongo a escribir, si no, no, prefiero el silencio, que a veces, es la más elocuente de las palabras”-.

Pequeñas pretensiones
En un programa de canal de cable: “Cuentos Contados”, lo vi al Negro Fontova leer un cuento suyo, que se llama “La Muerte del Indio”. Cuando terminó de leerlo, lo explicó. Lástima, a mi me enseñaron y muy bien, que los cuentos no se explican, se muestran. Pero de cualquier manera lo de Fontova explicando, me dio la oportunidad de observar algo chiquito y también grande.
La “Muerte del Indio” tiene como personaje a Patoruzú ; cuenta su disolución étnica y la adaptación de Isidoro Cañones y El Coronel a las propuestas actuales. Eso es lo que entendí. Debo leerlo pero quiero hacer un espacio entre la explicación de Fontova y mi lectura. El autor dijo, en un momento de su exposición, que para él la parte más importante del cuento es la que dice: “junto a algunos nuevos compañeros de armas” (refiriéndose a Patoruzú con otros en circunstancias de una nueva andanza)
Es un cuento muy original en situaciones y recursos de imagen. Un lindo cuento. Para el autor, sin embargo, lo más conmovedor esta en una la frase. Lo entiende, explicó, como una reivindicación, una especie de justicia en el tiempo, y agregó, “es la parte que más me gusta porque siento que hay otros como él y que lo recordarán”.

(Saludosd a los amigos del Taller El Aleph
y felicitaciones por la revisrta Sobre Vuelos)

03 agosto 2007

LOS TALLERISTAS DE EL ALEPH CUENTAN

FICCIÓN DE VERDAD

Estamos agregando al principio de esta nota los nuevos textos que llegan de El Aleph!

Obsequiamos a los lectores de nuestro Blog estos cuentos y microcuentos de integrantes del Taller Literario El Aleph, como parte de una serie que continuará con más obras de narrativa y poesía. ¡Esperamos que disfruten y comenten al pie!

Y como no podemos con la ansiedad, va un anticipo-primicia: Edgardo Gelós y Leonardo Ordinez, dos amigos que 'hacen' el Taller, este año publicarán su primer libro, respectivamente de poesía y cuento, alentados por diversos premios que vienen cosechando. En cualquier momento subiremos aquí material de los dos para mitigar la espera de las ediciones.

También se estudian las opciones para publicar una antología con las mejores obras de cada integrante del ciclo 2007 de El Aleph, en la cual participarán talleristas de todos sus grupos. La idea es que el libro sea presentado, como en ocasiones anteriores, en la Feria Internacional de Buenos Aires durante abril de 2008.

Ahora sí: los dejamos con algunos de nuestros cuentistas...


COLLAR DE PERLAS
La pollera descocida dejaba ver medio muslo, y el collar de perlas roto se armaba en el suelo recorriendo el contorno de varias baldosas. El cuerpo ya no bailaba ni se reía como lo hacía unas horas antes. Ahora permanecía en el suelo, cerca de uno de los tantos árboles que había en esa plaza. Y así, solo permaneciendo, también esperaba a que se hiciera de día, que pasara esa mujer paseando a un perro, que con cuidado juntara todas las piezas del lindo collar que más tarde le regalará a su hija, y que por último, gritando con una voz muy chillona y casi desesperada, llamara a una ambulancia.
Clementina Zivano

LA EXPLICACIÓN
Su respiración pausada, como latido perezoso llenaba la habitación.
Sus ojos se movían por debajo de los párpados buscando las imágenes de un sueño. Estaba profundamente dormido.
Antes de acostarse, había encendido la filmadora pero no había cerrado bien la puerta del placard, había quedado una pequeña ranura, apenas visible, que no molestaba.
Primero fueron cuatro dedos finos que parecían las patas de una araña; los dedos salieron de la ranura y muy despacio, casi sin hacer ruido, abrieron la puerta corrediza. Una mujer asomó su cabeza pálida, luego su cuerpo, desnudo y gris, cuerpo frío, torpe que se sentó en la cama. La mujer miró al hombre y de sus ojos salían oleadas de odio.
Yo detuve la grabación, no fue necesario mirar un segundo más.

Pablo Martínez

PALABRAS
Paco cerró la puerta y se tragó la llave, luego se sentó en un banquito, frente a una mesa. Sacó un cuaderno y cuando apoyó la lapicera en el papel empezaron a venir las palabras. Aparecían en bandadas, traían cenizas de cada año de su vida y las tiraban sobre su mano. Había palabras que sonaban a risa, también había palabras oscuras y nombres de mujer. Las había con uñas, sin piel, con sangre y sin miedo.
También llegaron algunas palabras negras que se fueron amontonando en los márgenes de las páginas. Daban vueltas en círculos y esperaban. Esperaban con la misma paciencia que tienen los buitres.
Pablo Martínez

IRONÍA
Paremos, dijo uno, no doy más.
Apoyándose en las mochilas vacías se acomodaron en un costado del camino. Estaban flacos y la cara se les hundía en el pantano barroso de sus barbas. Se quedaron en silencio y sin querer miraron el cielo. Era noche y un color azul diamante, inexplicable y lejano, se pegó a sus cuerpos de sal y de sangre. Por un momento olvidaron dónde estaban.
Pero se escuchó un estruendo que venía de algún lado y el cielo escondió la noche. Quedaron desnudos bajo una tormenta de colores, estridentes como los colores del caos, como los colores que tienen los gritos de miedo que se dan en la guerra.
Uno de ellos se arrojó al piso y con el dedo índice acariciando el gatillo buscó en la oscuridad pero no pudo ver a nadie. Luego murmuró algo a su compañero pero este no le contestó: seguía en la vieja posición, mirando con ojos vacíos el cielo que ya no estaba, como si nada. Entonces se acercó arrastrándose y lo tocó llamándolo por el nombre. Un líquido tibio se le metió entre los dedos pero ni siquiera pudo llorar porque escuchó otro estruendo y una puntada en el estómago
Entonces todo volvió a ser como antes, como ese segundo equivocado que los engañó.
Entre carcajadas, se dieron cuenta de que la guerra, al menos para ellos había terminado.
Pablo Martínez

REVISANDO EL CORREO
-¡Llegaron las cartas!- se escuchó en el Correo. La maquinaria del régimen se puso a funcionar. Empezaron a romper, a leer, a violar.La mujer abrió el anónimo. Las palabras la atropellaron. Fue descubriendo la voz y se fue descubriendo en las oraciones. En la traición, en la turbia proposición, en el desenlace. Y ya caía el cuchillo sobre su estómago sin que pudiera defenderse. Juan José Guerra

EL UMBRAL
Hoy ha sido el peor día de mi vida. Creo que le pegué a mi esposa. Creo que me despidieron. Creo que le pegué a mi jefe, que me emborraché y que le pegué a alguien más por las dudas.Doblo la esquina y llego a la iglesia: el alivio, el umbral que separa mi día, mi ropa mugrienta de alcohol, mis nudillos destrozados, mis recuerdos borrosos, de las imágenes del cielo, de lo puro, de lo que está más allá. Estoy en el barro, siento el barro, siento las lágrimas comiéndome la cara, y el rostro y la mirada de mi esposa rogando que no descargue otro golpe más. Recuerdo cosas del pasado, cosas como la comunión, cosas como la voz de mis abuelos.Entro a la iglesia, fiel, y lo único que veo son japoneses con cámaras de fotos. Creo que hay un flash que me nubla la vista.
Juan José Guerra

EL CRUDO INVIERNO
El reptil que quiso ser un humano soñó, planeó y se armó de valor. Cuando abandonó su escondite el frío lo fue debilitando en sus últimos 100 metros de vida.
Juan José Guerra

CÓMPLICE
Como todas las noches , me sirvo un vaso de vino y hago el inventario, frente a la computadora. En la primera columna pongo la edad aproximada del responsable, en la segunda una breve descripción del hecho y, luego, el concepto.El orden de estas últimas columnas siempre me hace dudar, a veces las pongo por orden alfabético, otras de lo más común a lo más raro, en general me inclino por acomodarlas según la gravedad del caso: asesinato, robo, adulterio, lesiones leves, insulto, gula, soberbia, infamia, pereza.
Hago memoria de lo que pasó en el día: Primero Juana (los nombres siempre son inventados) robó un par de aros de oro. Fue a la vez fácil e inevitable. Ordenó, como todos los días, la habitación de sus patrones y luego la de los parientes que estaban de visita, y ahí, entre ropas desordenadas, perfumes destapados y un alhajero volcado encontró un par de aros de oro que uno de sus sobrinos ya se ocupó de vender. Y al contármelo para ella es como que lo hicimos juntos. Somos cómplices.
Luego Tito y su asunto con la vecina: Ellos hacía tiempo que se conocían, como vecinos nada más, a veces la encontraba charlando con su mujer en la vereda. Ella siempre lo saludaba sonriente, hasta que esa tarde lluviosa se ofreció a llevarla y, en el auto, que una cosa lleva a la otra, bueno, usted me entiende. Y porque lo entiendo soy su cómplice.
Al final Susanita (hoy no estoy inspirado para los alias), que le dijo a la tía que la Sonia no había ido al colegio y que se había hecho la rata con Marcelo y que andaba de novio, y la tía no sabía nada, y ella estaba arrepentida, pero la Sonia siempre la sobraba, y se hacía la linda y todos los chicos atrás de ella. Y usted dice que hay que decir siempre la verdad. Y porque le enseñé a no mentir soy su cómplice.
Con el segundo vaso escribo el resumen del día: Mujer, 45 años, codicia. Hombre, 61 años, lujuria. Mujer, 14 años, envidia. Y en el último renglón, como todas las noches, agrego: Hombre, 33 años, cura confesor, cómplice de adúlteros, envidiosos y ladrones. Y me perdono.
Guro

CONSTERNADO

Con esto solo quiero decirte que el regalo me pareció grandioso. Que por nada del mundo hubiese querido que se volara. Y que pienso que esta tristeza de verte llorar, tapándote la carita con las manos no se me va a despegar nunca.Y te pido perdón una vez más por mi torpeza, pensé que la cajita que me dabas estaba vacía y no te hice caso. La abrí tan rápido que se volaron todos los besos que habías guardado para mi cumpleaños.
Cristina Meccico

SEÑALES
Esta vez él eligió una mesa lejos de la ventana.
La última.
La invitó a sentarse. El corrió la silla y ella quedó de espaldas a la gente. Con vista a la pared amarilla.
El buscó al mozo con la mirada. Cuando el muchacho se acercó, saludó amigablemente. El no contestó el saludo, sólo le pidió dos cafés y un cenicero. A ella se le ocurrió bromear y dijo que no quería café, pero se hizo un silencio largo que le deshizo la sonrisa
Ella contó, sólo cuatro palabras dichas en esos quince minutos. Y ninguna mirada.
Cuando él rechazó al pibito de las flores, supo con certeza que era el último encuentro.
Cristina Meccico

SIN NECESIDADES
El creía a rajatabla en los poderes de la mente. Comenzó con el juego elemental de fijar la mirada en la nuca de alguien y probar que bastaban unos segundos para que se diera vuelta.
Era un chico crédulo y ansioso. El entusiasmo lo llevó a desmenuzar las teorías de los cuerpos astrales, vibración del pensamiento, transmutación. Poder sobre sí mismo. Poder sobre las fuerzas ocultas de la naturaleza.
Pasó meses enteros en soledad poniendo en práctica los ejercicios mentales, relajando sus músculos hasta no sentirlos, educando a su cuerpo para que no tuviese necesidades.
De pronto se sintió listo para desafiar a la materia. Lo haría con la ayuda de los grandes maestros, los que habitan la otra dimensión.
Y en un fatal error de interpretación dejó caer su cuerpo desde el cuarto piso, dejando desolados a sus cuerpos astrales y a todos nosotros.
Cristina Meccico

DEL OTRO LADO
La vida en Nueva Roma empezaba y terminaba en el tren.
Jugábamos frente al vagón número 10, de ahí 2 para la derecha o 2 para la izquierda.
Mi papá hacía los asados en la fiesta de aniversario del pueblo al lado del vagón 22 y la feria de los domingos se extendía desde el centro del tren, 3 vagones para cada costado.
Todo se desarrollaba en línea, a la altura de la locomotora estaba la escuela y llegando al último vagón el cementerio. El tren no partía ni llegaba, era parte de Nueva Roma.
Un sábado nos juntamos en el 11, a las 4 de la tarde, para hacer un picadito, eramos 6 o 7 pibes más o menos de la misma edad. Veníamos jugando bárbaro pero Román se mandó solo y quiso hacer el gol de su vida, con tanta mala suerte que la pelota rebotó en el gordo Pedro y fue a parar del otro lado del tren. ¡Qué macana!, a ninguno de nosotros nos dejaban cruzar ese montón de fierros oxidados que en forma de vagones se unían para separar el pueblo de vaya a saber Dios que cosa mala.
Román que era el más atrevido del grupo, después de 10 minutos de silencio se animó a decir:
- Yo voy a buscarla.
- Estás loco! Tu vieja te va a matar!. Le dijimos todos.
- Ah ... ¿qué cosa tan terrible puede haber del otro lado? – insistió Román.
- Mi papá dice que es un bicho muy grande, peludo, verde oscuro, que se sabe que tiene dos cabezas y 3 ojos en cada una, y que los brazos son enormes! – dijo Lito y con cara de desconfianza preguntó: -Y tu mamá, Moncho, que es maestra, ¿qué dice?
- Mi vieja dice que del otro lado la tierra te chupa para adentro y no podes salir más, que es como una droga, o algo así creo, algo muy fuerte que te hace mal pero no queres parar de agarrar, dice que te quedas ciego y después te crees otro, no sé ... yo le entendí que era como una arena movediza que te tira para abajo y no podes zafar ... pero viste que a mi vieja, a veces, no se le entiende mucho!
- Mi tío siempre cuenta – se apuró a decir Carlitos- que una vez intentó cruzar y un pájaro negro con pico de pingüino lo agarró de la camisa y lo trajo de nuevo para este lado.
- ... ¡Yo voy! - dijo Román
El gordo Pedro se metió la mano en el bolsillo y le gritó: - Esperá, tomá esta medallita de la suerte que me dio mi abuela cuando tomé la comunión!
Y ante la mirada atenta del grupo, Román subió los primeros escalones del vagón número 11, hizo 2 o 3 pasos, abrió la puerta corrediza con fuerza y la cerró de una vez sin mirar para atrás.
Teníamos tanto miedo que ni chau le dijimos, esperamos sentados en ronda durante media hora, sin hablar, y cuando ya estaba oscureciendo vimos caer la pelota del cielo justo en medio de la rueda, picó 2 veces y quedó muerta al lado de Lito. Ni la tocamos, por las dudas..., parecía no tener ni un raspón más ni uno menos del que tenía cuando empezamos el picadito pero vaya a saber uno lo que traería dentro!.
Desde ese día nos juntamos todos los sábados a la 4 frente al vagón número 11, durante varios años esperamos sentados en ronda que Román cayera del cielo como la pelota de cuero, pero nada. No sabíamos si el monstruo de dos cabezas se lo había comido o si el pájaro negro se lo había llevado a su nido y lo tenía cautivo.
Un miércoles nos despertamos y el pueblo estaba revolucionado, la gente corría, se reía, lloraba, gritaba ... del tren salía un sonido raro que se iba haciendo cada vez más fuerte, tan fuerte, tan fuerte, que se empezó a mover.
Todos frente a la estación mirábamos sorprendidos y hasta emocionados. Y cuando terminó de pasar el último vagón se pudo ver...
Una ciudad como la de las películas nacía al otro lado de la vía, con edificios altos, algunos con dos torres, puentes, luces, y hasta una nube de humo por encima que parecía abrazar el lugar.
Jorgelina Filinich