24 enero 2008

ENZO INVITA A SUBIRSE

Felicitaciones
Me parece excelente el emprendimiento del taller literario. Lo encontré casualmente hurgando entre bloggers bahienses, no sé mucho al respecto, pero tengo últimamente cierta inclinacion, aproximación a las letras. Estoy interesado en saber más al respecto. Además quería dar a conocer un cuento mío que tal vez encuentre su lugar entre ustedes, o por lo menos encuentre oportunidad de llegar a otros ojos; no hay mayor placer que ese. Felicitacionmes.
Enzo.
Mi blog: www.mipedestal.blogspot.com

Querido Enzo:
A falta de pedestal, nosotros nos hicimos esta mesita para compartir papeles y entusiasmos, y te agradecemos que la hayas encontrado estimulante. Pronto aquí mismo se publicará el detalle completo de El Aleph modelo 2008, con todos sus formatos, diseños y actividades. Te aseguramos que es un taller decididamente distinto. Y cuando nos llegue tu cuento, aquí estará para todos, porque no somos egoístas.
¡Un fuerte abrazo!
Los que hacemos El Aleph.

12 enero 2008

Dos historias breves y un poema ¿de amor?

Los textos que siguen pertenecen a 'La vida de la obra', libro de 28 integrantes del Taller El Aleph que será presentado en el auditorio de la Editorial Dunken (Buenos Aires) el 2 de mayo de 2008, y un día después sus autores firmarán ejemplares en la Feria Internacional del libro. Les regalamos esta muestra...

Inspiración divina
El predicador se exalta enarbolando su Biblia en la peatonal, un sábado a la tarde. Grita: ”¡Arrepiéntanse, porque el Reino de los Cielos está cerca!” y con su otro brazo señala el décimo piso de la torre que le hace sombra.
Principio de mes. Las billeteras están eufóricas. Una muchedumbre asedia el microcentro. Hay colas en los puestos de cubanitos y pochoclo, pibes pidiendo a gritos que los lleven a la plaza. Familias enteras copando vidrieras y exhibidores. Territorio cosmopolita con predominio de judíos y coreanos pugnando con diversidad de otras razas por facturar sin tickets. Vendedores ambulantes exhiben relojes, medias, camisetas de Boca. Un payaso infla un globo y le sonríe a la estatua viviente, que sólo se mueve por las monedas del tarrito ubicado a sus pies.
Mario es uno más de la fauna, aunque su rumbo es incierto. Camina con desgano y desaliño. La ropa que lleva es vieja y sucia. Tiene alcohol en los ojos y en la sangre.
Desde una zapatería se percibe el show de los vendedores, zalameros, zigzagueantes entre cajas y mujeres. Mario los observa, recordando la canción: “¿por qué no me quieres mi amor, por qué no me quieres mi vida? ¿qué te puedo dar? Ropa, zapato, casa y comida”. La canta riendo y al llegar al puesto de venta ambulante de su amigo el Turco, recibe el reproche:”¿Qué hacés, Vieja? ¿venís de maniquí o vas a ayudar?”.
- Perdoná. No estoy en condiciones. Pero el lunes te prometo que vengo.
La tarde cae. Hay una bruma caliente y espesa. Los helados soft vienen y van, se paran frente al plasma (oferta del día) de Garbarino. Suenan celulares, contestan adoles-
centes, embarazadas, artesanos. Suena el semáforo avisando a los ciegos.
Mario deambula y piensa en cómo hacerse el día. Al pasar frente al predicador que esgrime su biblia y su advertencia señalando al Reino de los Cielos, tiene una revelación: súbitamente inspirado, le saca al tipo la biblia y la pone entre las manos de la estatua viviente. Aprovecha la confusión y se lleva el tarro con monedas, perdiéndose de vista entre la multitud.
Marcela Drittanti / betoecarranza@yahoo.com.ar

Despertares
Algo había cambiado, puesto que antes de despertarme por completo sentí la aspereza del suelo raspándome la espalda. Cuando abrí los ojos miré a mi derecha, donde cada mañana Mabel me traía el desayuno. Casi por instinto supe que aquel día no iba a haber Mabel, ni trabajo, ni consuelo: el cuarto en el que me encontraba era un cubo de concreto de unos diez metros cuadrados donde apenas se filtraba un rayito de sol mustio por una claraboya, atravesaba el cuarto y moría en la pared opuesta. La puerta no intenté abrirla porque consideré obvio que estuviese cerrada: era una planchuela de hierro fundido, rústica pero inexorable. La noche anterior me había dormido leyendo un cuento donde un condenado a muerte esperaba la mañana de su ejecución en un cuarto así, aunque mis dolores eran demasiado fisiológicos para pertenecer a un sueño.
Trepé hasta asomarme por la claraboya y vi cuesta abajo un mar verdoso y cualquiera. Sentir su olor me recordó que estaba bien despierto. Recordé que el hombre de mi cuento había fatigado todos los medios para atenuar su desesperación, pero yo no estaba desesperado sino perplejo, y sobre todo conciente. Durante horas caminé en círculos por la habitación: por fin se abrió la puerta y entraron dos tipos robustos, semidesnudos, hablando un idioma extraño, mucho más indescifrable que el polaco o el de los turcos. Me tomaron de los hombros con más amabilidad que prepotencia y me condujeron por un pasillo hasta un portón en cuyas rendijas se podía adivinar el sol externo. De la oscuridad lateral aparecieron dos mujeres; una traía un escudo y la otra una espada, me arrancaron la camiseta dejándome armado y en cueros. Los dos hombres abrieron el portón y me empujaron suavemente, como en una sugerencia. Yo esperaba leones o dragones, pero sólo había arena y silencio y una claridad devastadora que dibujaba un horizonte lejano. Otra vez el instinto me dijo que la puerta no se abriría pero ahora fui mucho menos racional; volví sobre mis pasos y empecé a golpear sin que nadie respondiera desde adentro.
Después de caminar largamente caí al suelo con la boca llena de polvo, y volví a dormirme entre alucinaciones. Cuando recobré el conocimiento sentí unos zarpazos o cachetazos fríos que me sacudieron (repito que esperaba leones o dragones): tal vez alguien quería salvarme, o todo lo contrario. En ese nuevo despertar tuve miedo de abrir los ojos, pero al fin lo hice y allí estaba Mabel, a mi derecha, clavándome una mirada de búho como si hubiese salido de un cuento de Poe; Mabel diciéndome cosas que yo no alcanzaba a entenderle, mientras me extendía con sus garras la tibia cicuta matinal.
Guillermo Gratón / ggrat9@hotmail.com

Secretos de la arcada
Todas las veredas en calle Alsina están copadas por la gente,
todos toman cerveza en calle Alsina.
Sí, la ciudad entera desfila.
Las mujeres hermosas, infinitas, con sus remeras escotadas
y sus cartelitos en inglés: Love me o kiss me o live o kill me.
Unos las ve pasar y toma un trago de esa cerveza amiga
y consume en un beso el último cigarrillo.
Un tuerto ofrece flores a parejas mudas.
Hay un pibe que vende o pide: en su remera no hay cartel;
será porque habla con los ojos, será porque no tiene palabras.
No importa, las chicas pasan con sus remeras
y sus senos altísimos –que siempre son el horizonte de otros.
Uno sólo quiere mirar y tomarse otro trago de esa cerveza amiga
y escuchar los taconeos, las risas, los autos.
¡Si, los autos! Ese andar sin ir a ningún lado,
circular y ruidoso como la vida misma.
Ese andar de marcas y modelos de lujo.
Imposible no amar el siglo veintiuno
habitado por chicas con vísceras de hierro
que siempre saltan a los autos y a la noche, y al destino
que marca su círculo inefable:
La cerveza se termina,
el tuerto de las flores es el sereno del bar y está feliz,
el pibe cuenta monedas en el cordón,
algo despide olor a algo indescifrable
y yo aparto mi silla en la vereda sola
y vuelvo a casa regurgitando la época.
Guillermo Gratón